Colombia: la Keretocracia más antigua de América Latina

Carlos Córdoba Martínez

En Colombia es común escuchar a políticos, analistas y algunos profesores de ciencia política afirmar que este país es la democracia más antigua de América Latina. Afirmación basada en la simple equiparación de Democracia = No dictadura. Aunque por estos lares el Demos (pueblo) ha ido y venido en número e intensidad, el Kratos (poder) lo ha ejercido desde hace muchos años la muerte, para ser mas preciso la muerte violenta. En la mitología griega Ker era la diosa de muerte violenta, a diferencia de Tánatos que prefería la muerte suave, las Keres eran amantes del campo de batalla.

 

 

En Colombia se mata. Se mata con fervor, con intensidad, con dedicación, con alevosía y con muchos resultados. La lista es larga, podría comenzar el recuento por cualquiera de nuestras intestinas guerras civiles a lo largo de dos siglos de independencia, pero para no ir tan lejos baste recordar los malcontados 260.000 muertos que dejó el conflicto con las FARC, o de las FARC contra el Estado, o entre las FARC, el Estado y los paramilitares, o el todos contra todos que terminó siendo esta orgía de muerte con todas las degradaciones del conflicto posibles (1).

Luego de firmar el Acuerdo de Paz se pensó que ahora si Colombia iba a superar ese sino y nos encaminaríamos a resolver otros problemas, como acabar con la corrupción o llevar desarrollo a aquellos municipios que quedaron rezagados durante cinco décadas. Pero no fue así. Mientras en Bogotá se profundizaban las discusiones entre los que estaban a favor o en contra del Acuerdo, los grupos armados ilegales rápidamente coparon los territorios que habían dejado las FARC con su desmovilización y se adueñaron de economías ilegales como cultivos ilícitos, minería criminal y explotación ilegal de madera. Distintos centros de investigación han mostrado como los ilegales volvieron a copar el territorio en un abrir y cerrar de ojos en las narices de las instituciones. ¿Y que hacen los ilegales para garantizar su negocio? Sencillo: matan. Según los datos del Instituto de estudios para el desarrollo y la paz, en el 2020 fueron asesinados 310 lideres asesinados en distintas masacres colectivas o asesinatos individuales (2), son casi 250 excombatientes asesinados y en el mundo estamos a la cabeza de los defensores del medio ambiente que son ultimados (3).

 

Foto del Comité de Estudiantes y Egresados del Sena. Valle del Cauca; 08/11/2020

 

Como si fuera poco en Colombia a la delincuencia urbana no le basta con robar, sino que hay que robar y matar, siguen siendo decenas las personas que se asesina para robarles un móvil que vale 100 o 200 dólares y que se vende en el mercado negro en 20 o 30, esto entre otras con la indirecta complicidad de los operadores y reguladores, ya que mientras siguen matando gente, ellos se cruzan cartas sobre cómo inhabilitar los equipos robados, absurdo pero así es.

Pero no nos ha faltado espíritu asesino con la naturaleza, hemos matado ríos, páramos, selvas, masacramos animales, se nos ocurrió que la única solución para acabar con los cultivos ilícitos es achicharrando la naturaleza con glifosato (a sabiendas que es mas barato comprar una hectárea de tierra que fumigarla), como si quisiéramos lavar con veneno nuestras culpas con el atraso de esas zonas, como si vengarse con la naturaleza fuera la solución.

En muchas zonas del país pulula la minería criminal que infecta de muerte ríos y ecosistemas con cianuro y otros químicos, mientras ni siquiera el COVID pudo apagar las motosierras que en la Amazonía, en la Macarena, en el Pacífico y en muchos otros territorios no cesan de destruir bosques y selvas. Como si fuera poco, el fracking asoma los cuernos en agendas legislativas y estrategias energéticas con la amenaza de que, si no hacemos explotar y matamos la tierra en sus entrañas, nos vamos a quedar sin combustibles.

Que rara que es Colombia, que culto a la muerte tenemos, no se si es por una extraña herencia precolonial, si es porque el único mito unificador que tiene Colombia es que somos violentos, como lo sentenció algún investigador (4), no se si es que la cultura mafiosa de “la vida no vale nada” se aferro al ADN social de los colombianos, o porque aquí a todos nos gusta ganar y si eso implica matar no importa, pero hay que ganar. Ahora bien, por supuesto que hay gente que no se le ocurriría tomar un arma, una motosierra ni un galón de glifosato para hacerle daño a sus congéneres o a la naturaleza, ¡yo no he hecho nada, no tengo la culpa! pueden responder miles, pero esos mismos que nos consideramos incapaces de hacer daño somos los que en silencio hemos consentido todo lo que ha pasado. Si hay algo peor que el mal cometido es el mal consentido y en eso en Colombia también somos campeones.

Foto de la Red Latinoamericana sobre las industrias extractivas; 26/07/2020

 

No se cuál será el remedio para el mal de la muerte en Colombia, no se como se calmarán nuestras deidades Keres, a veces pienso que no hay solución. La única cosa que se me ocurre es la necesidad de comenzar por lograr cambiar lo que Valery llamaba las ficciones regulativas. Aunque se que eso puede ser tan metafísico como complejo. Las ficciones que nos regulaban se hunden y las sociedades necesitan renovarlas. La ficción del crecimiento ilimitado, de los recursos sin fin para explotar, la ficción de que no tener guerra significa tener paz, están todas revaluadas. Un primer ejercicio que podríamos hacer los colombianos para superar nuestro estado de muerte, es ser consientes de que la institucionalidad pública no ha sido capaz de lograrlo y la sociedad no ha querido, a pesar de los intentos, la primera sigue más preocupada por la propaganda ilusoria y la segunda sigue dedicada a la contemplación complaciente, a veces con algunos toques de indignación.

Reconocer que en realidad somos una Keretocracia de más de un siglo, volver la vista atrás y ver toda la muerte de la que hemos sido capaces nosotros, ¡si, nosotros! No han sido los gringos ni la fábula del castrochavismo, tal vez eso sea el primer paso para que, en algún momento, ojalá no muy lejano, entendamos que nuestra única posibilidad de construir una democracia fuerte es sobre el respeto de la fragilidad de la vida en todas sus dimensiones, no sobre los cadáveres que seguimos amontonando todos los días.

 

Notas

1. Lo más lamentable de esto es que como en todas las guerras modernas las bajas las pone la población civil población civil, en este caso 215.005 civiles frente a 46.813 combatientes de acuerdo con los informes del Centro de Memoria Histórica: https://centrodememoriahistorica.gov.co/262-197-muertos-dejo-el-conflicto-armado/

2. http://www.indepaz.org.co/lideres/

3. https://www.globalwitness.org/en/press-releases/global-witness-records-the-highest-number-of-land-and-environmental-activists-murdered-in-one-year-with-the-link-to-accelerating-climate-change-of-increasing-concern/

4. Tesis de Daniel Pecaut expuesta entre otros artículos en: PECAUT, D (1997). “Presente, pasado y futuro de la violencia” en Análisis Político, Revista del IEPRI, Universidad Nacional de Colombia. No. 30 Enero/Abril de 1997. Pags. 1-43. Bogotá. Disponible en: http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/colombia/assets/own/analisis30.pdf

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Carlos Córdoba es colombiano, investigador, consultor y profesor universitario dedicado a temas de desarrollo territorial y construcción de paz. Publicado en el sitio Palabra Salvaje el 22 enero de 2021. Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente.