El Perú en pandemia y con elecciones

David Roca Basadre

En julio de 2020, el entonces presidente del Perú, Martín Vizcarra, convocó a elecciones generales para abril de 2021, como manda la ley. Para entonces, ya había transcurrido medio año de pandemia por coronavirus desde marzo de 2020 en que se había dado la primera alerta en el Perú. A partir de entonces, todo había ocurrido como una marea indetenible.

Los peruanos estaban aterrados por un virus que parecía indestructible. Pasaban los días con noticias sobre enfermos encerrados, muertes sin ver a nadie, fotos de bolsas negras apiladas en los hospitales y centros médicos de las ciudades, noticias de algún familiar o conocido víctima de aquella enfermedad nueva, la huida de muchos a las zonas rurales que, al inicio, parecían lugares de refugio seguro. Estaban todos presos por un drama que muchos no habían sufrido jamás. Porque en aquellos lugares generalmente invisibles del país, el dengue, la tifoidea son casi formas de vida, a las que se agregaba esta abrumadora novedad 1.

Manifestante se retira de una protesta en la calles; foto de Patrick Murayari.

 

Candidatos y política

En medio de todo ello, la noticia de convocatoria a elecciones generales, no pudo serle más indiferente a la mayoría. El enemigo silencioso y desconocido, era todo lo que podía importar.

Apareció un apabullante número de candidatos, dieciocho. Que hubieran podido ser más si, para suerte de los electores, no quedaban algunos fuera de carrera. Rostros conocidos de la política se cruzaban con otros novedosos y varios inesperados. En las primeras encuestas el número de indecisos superaba largamente el 30%, con ningún candidato más allá de un dígito del porcentaje de intención de voto, salvo un par que apenas lograban superar el 10%, punteros mentirosos que no llegarían a los primeros lugares al final de la carrera.

La novedad de uno de ellos, el que más intención de voto generaba, era toda una señal: ex arquero de fútbol del club Alianza Lima, uno de los más populares del país, había sido brevemente alcalde del distrito de La Victoria, barrio popular en la capital, y sede del club en que militara. Joven que apenas llegaba a la edad requerida, sin programa preciso, guapetón de sonrisa fácil, incapaz de expresar alguna propuesta adecuadamente, e invitado de todos los programas de farándula. Al inicio, aquel iba a ser el presidente de la república.

El resto iba sumando entre 8% hasta el pelotón que quedaba en el grupo “otros” con de 0.5%, para abajo, en intención de voto.

Por aquellos mismos días, la tensión entre el ejecutivo y el Congreso de la República crecía. El presidente Vizcarra aparecía con sus ministros al menos una vez por semana para dar anuncios sobre la pandemia, con cifras de contagios y de mortalidad que se incrementaban cada día. Por entonces, el tema de la vacuna era un sueño que aparecía en notas breves de los diarios. Parecía tan lejano.

Pero el congreso desafiaba al ejecutivo por razones que no tenían nada que ver con la pandemia. Una reforma política que incluía asuntos como la alternancia para lograr paridad de género en los procesos electorales, o la conformación del órgano de designación de jueces y fiscales, el financiamiento de organizaciones políticas, la no reelección de congresistas, el retorno a la bicameralidad en el congreso, eran motivo de debates que dejaban de lado aquello que tenía en vilo a la mayoría. El congreso, preso de intrigas varias, solo buscaba la manera de vacar al presidente.

Migración de retorno y cuarentena

La migración hacia las zonas rurales empezó a incrementarse, luego se sabría que llegarían a cerca de un millón en total desde las diversas ciudades del Perú, abandonando sobre todo las desprotegidas barriadas, lugar de llegada de los que habían huido de la pobreza rural y que iniciaban el retorno: no era tan malo después de todo asegurar el alimento diario cuidando la tierra y el ganado. Al inicio. Porque el virus tardó en llegar a las zonas rurales. Pero finalmente llegó.

Mientras, el gobierno había dictado las medidas restrictivas más severas del continente: cuarentena general durante un mes y las 24 horas del día. Con apenas posibilidad para comprar alimentos y medicinas y bajo control estricto. Un mes primero, pero otro mes luego. Y en ese contexto se empezó a incubar el descontento. Porque aquel que tenía una residencia aireada y jardín podía incomodarse, pero superaba el evento con rutinas, internet, y a salvo.

Pero para el país real, aquel 70% de la población con negocios informales y con trabajadores informales, que viven del día a día, eso era tragedia. Muchos podían vivir de sus ahorros un tiempo, la mayoría no. Sumemos un millón de migrantes venezolanos que tenían que ver cómo se las arreglaban, tantos de ellos sin papeles aún. El clima era tenso.

La demanda de oxígeno, en manos privadas desde hacía algunos lustros, se prestaba a enormes abusos por los precios que alcanzaba en el mercado. La crisis por camas UCI era el clamor cotidiano, no solo para los infectados por covid, sino también para los que las necesitaban por otras dolencias.

El virus ya había empezado a llegar, para entonces, a todas las regiones que parecían haberlo estado librando. El caso más dramático fue el de Iquitos, ciudad principal de la región de Loreto en medio de la Amazonía peruana. El drama era mayor allí, pues a la pobre infraestructura hospitalaria, se sumaba la escasez de médicos y personal de salud en general, de insumos, y la ausencia total de oxígeno. La propagación del virus era tal que, al cabo de unos meses, se calculó que habían alcanzado la inmunidad de rebaño con casi el 93% de personas afectadas. Pero en el proceso las víctimas se multiplicaban 2.

La política ajena al drama

El congreso, por su lado, estaba en otra cosa. Había destapado actos de corrupción supuestamente cometidos por el presidente Vizcarra, cuando fue gobernador de la región de Moquegua. Cada vez más, la clase política mayoritaria en el congreso hacía de ese el principal tema de su agenda, y así a fines de septiembre de 2020 planteó remover al presidente, la vacancia, sin haberse llevado a juicio los casos a los que se referían, basándose en una cláusula vaga y nunca definida de la constitución, que faculta a vacar al presidente de la república por “incapacidad moral”.

Para esas fechas, se hablaba en cifras oficiales de alrededor de 6 mil casos de personas infectadas por día, y casi 20 mil fallecidos a nivel nacional. Aún con las restricciones, el gobierno de Vizcarra no era mal visto por la mayoría de la población. Sus apariciones diarias, a pesar de un manejo ineficaz de la pandemia que luego habría de conocerse, representaba en ese momento una esperanza. Y las reformas políticas que presentó, objeto de un referéndum, lo habían posicionado bien. Mientras que la imagen del congreso era muy mala, y sus integrantes percibidos como politiqueros.

Fue recién a fines de noviembre que se votó la vacancia de Vizcarra, lo que marcó un parteaguas. Vizcarra había heredado el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, liberal de derechas que había renunciado por presión de un congreso anterior, controlado por la extrema derecha fujimorista. Luego, Vizcarra, valiéndose de una situación creada, había disuelto aquel congreso, y convocado a elecciones que pondría otro congreso, disminuido de fujimoristas, pero no del carácter de oposición dura al gobierno. Carecía de vicepresidente. Así que el nuevo presidente debía ser el presidente del congreso, el señor Manuel Merino. Que efectivamente asumió.

La toma de las calles, sin importar la pandemia

Para esas fechas, producto de la estricta cuarentena inicial que, por la necesidad de sobrevivencia de la gente se había ido aflojando poco a poco, la cantidad promedio de infectados diarios llegaba a los dos mil, según las cifras oficiales. Ya para entonces, se había notado un subregistro en ese conteo. Comparados los fallecimientos mensuales del año anterior, durante el mismo mes, se notaba un incremento de más del 200%. Y las fotografías de fallecidos y los testimonios de los deudos, o de aquellos que habían logrado sobrevivir, no solo estaban en los medios, sino entre los comentarios de todos los peruanos, sobre todo en barrios populares.

Entonces, el nuevo presidente de la república procedió a nombrar a su equipo ministerial. El presidente del Consejo de Ministros escogido, el abogado Ántero Florez-Aráoz, famoso por haberse opuesto a quienes pedían que el Congreso de la República convoque a referéndum sobre el Tratado de Libre Comercio (TLC), aludiendo – en referencia racista a la mayoría mestiza e indígena de los peruanos – a que no se iba a preguntar su opinión a llamas y vicuñas, era hombre ya en la última etapa de su carrera política. Escogió, así, entre lo más granado de la extrema derecha, a su gabinete ministerial. Y de esa manera, aquellos que jamás hubieran gobernado por medio de una elección, estaban en el poder.

Se desató la furia de la población. Las restricciones por pandemia las olvidó todo el mundo, y las avenidas y cada esquina se llenaron de manifestantes que reclamaban la renuncia de Merino. Sobre todo, gente joven, pero incansable en las calles de la capital y en las de todas las ciudades del país.

La propaganda gubernativa le echó la culpa a Maduro, y al Foro de Sao Paulo – como no – y el premier Florez-Araoz y su ministro del interior, ordenaron reprimir directamente. La policía salió a disparar. En tiempos de teléfonos móviles y las cámaras de vigilancia, no fue complicado tener pruebas de aquello. Pero las movilizaciones continuaron. Nadie quería a Merino, salvo el pequeño grupo a su alrededor, a los que ya habían bautizado, replicando la canción pegajosa nacida de algún juego de Facebook, como “viejos lesbianos” 3.

Las movilizaciones callejeras fueron creciendo, hasta que se volvieron indetenibles, con presos y heridos, denuncias de tiros al cuerpo de parte de la policía, hasta que el asesinato por disparos de perdigón a corta distancia de dos jóvenes en Lima, Inti Sotelo y Bryan Pintado, incrementó la indignación general.

Merino debió renunciar, menos de una semana después de juramentar, y el congreso debió elegir nuevo presidente. Era tal la indignación por la vacancia de Vizcarra, que solo podía ocupar el cargo alguien que no hubiera votado a favor de la vacancia. El congresista Francisco Sagasti, representante del Partido Morado, grupo liberal minoritario, pero que en bloque se había opuesto a la vacancia, fue el elegido.

Velatorio de un fallecito por Covid en la ciudad de Iquitos, en la Amazonia de Peru. Fotografía de Patrick Murayari.

 

Se reanuda el proceso

Las movilizaciones se detuvieron, las visitas a los lugares donde habían fallecido los jóvenes reconocidos como mártires continuaban, pero el talante del nuevo presidente pareció calmar a la población. Sagasti, hombre culto, elegante en sus maneras, pero claro, directo, intelectual dedicado a los estudios sociales y políticos durante su vida, a los 75 años ocupaba provisionalmente el cargo que hasta ese momento solo había estudiado desde fuera.

Había que abocarse a conseguir vacunas. Y a eso se comprometió, y a llevar a buen término el proceso electoral cuya primera consulta sería el 11 de abril. La época navideña y de año nuevo fue triste, pero siempre logra apartar de todas las preocupaciones. Las reuniones familiares se multiplicaron a pesar de las advertencias, y anunciaron de esa manera lo que vino luego.

Para enero del año 2021, más del 50% respondía que no votaría por ninguno de los candidatos, sea porque no sabían o porque no les interesaba opinar. Y ningún candidato lograba pasar de un dígito en la intención de voto. Pero las cifras de víctimas por Covid se incrementaron, como era previsible, hasta un promedio de 6 mil 500 infectados diarios, lo que empalmó con la llegada de la segunda ola. La gestión del presidente Sagasti, sin embargo, ya había logrado adquirir vacunas en el mercado mundial, y el proceso de vacunación se había iniciado. Lentamente al inicio, con el personal de primera línea para comenzar, la vacunación estaba en marcha, y abría una luz de esperanza.

El Perú llegó a votar el 11 de abril de 2021, con mascarilla, en plena segunda ola de contagios y con la mayoría de los candidatos demasiado cercanos en intención de voto, como para hacer imposible imaginar el resultado. Que fue, a ojos de la mayoría, el menos pensable y el más problemático que se podía imaginar para pasar a la segunda vuelta.

La lucha de los antis

Por un lado, la extrema derecha fujimorista, Fuerza Popular, que repetía con Keiko Fujimori, hija del exdictador, pero con una votación de apenas 10.99% quedaba en segundo lugar, frente a 15.72% y el primer lugar de un sorpresivo Pedro Castillo, maestro rural, campesino, rondero, que había apenas comenzado a crecer, candidato por un pequeño partido provinciano de extrema izquierda, Perú Libre, que lo había invitado a ser su representante.

El ausentismo batió récord en esa elección, en un país con voto obligatorio y multa para los que se abstienen: el 30% de los electores hábiles, alrededor de 7 millones y medio de votantes, no acudió a las urnas.

Aquel 11 de abril, el Perú había ya superado el pico de contagios de la primera ola, y los resultados de la vacunación entre el personal médico empezaban a manifestarse.

Un protagonista que, durante la campaña de la primera vuelta intervenía asiduamente pero aún sin mucho rebote entre la población, empezó a tener un rol grave. Un medio de televisión de señal abierta, WillaxTV, decidió iniciar una campaña favorable a la candidata Fujimori plagada de mentiras y rumores atemorizantes. Fujimori era poseedora de un antivoto – gente que declaraba que jamás votaría por ella – de 70% en ese momento. Esto marcó, también, la aparición a rostro descubierto de un protagonista político, incluso con vinculaciones internacionales, de franco cariz ultraderechista e identificado con el entorno de la candidata.

En torno a esta, y con ese medio y una enorme marea de trolls y bots financiados de alguna manera para inundar las redes, además del concurso de la inmensa mayoría de candidatos a la derecha del espectro, y la suma de prácticamente todos los medios de comunicación, se inició una feroz campaña de miedo contra Pedro Castillo acusándolo de terrorista, a él y al partido que lo había llevado como candidato. En un país como el Perú que sufrió durante casi tres lustros la bestialidad de la subversión terrorista, y la represión indiscriminada del Estado como respuesta, con decenas de miles de muertos y desaparecidos, decir terruco – terrorista en la jerga nacional – a cualquiera, sigue siendo muy efectivo para descalificarlo.

Una estrategia electoral centrada en el terruqueo, que consistía, además de atacar los excesos en el lenguaje que Perú Libre ofrecía, y atacar a Castillo, en asociar con el terrorismo a cualquiera que obstaculizara a Fujimori. Incluyendo al Jurado Nacional de Elecciones y a la Oficina Nacional de Procesos Electorales, por el solo hecho de no plegarse a sus demandas. Y, cómo no, al presidente de la república.

Incorporaban a ello bulos y noticias falsas sobre todo lo que estuviera a la mano, sin ningún escrúpulo – como negar la validez de las vacunas, para atacar a Sagasti, promoviendo así que muchos se negaran a vacunarse – lo que logró que, por miedo, el 70% del antivoto de Fujimori se redujera a 50%.

El candidato Castillo, con menos recursos, inició una campaña pueblo por pueblo, asistido por una legión de maestros ubicados en cada rincón del país. Con un solo lema, muy potente, logró capitalizar el anti fujimorismo pero también la adhesión a su propia imagen: “Nunca más pobres, en un país rico”. Un caso extraordinario: por primera vez alguien tan del pueblo, además un maestro rural, imagen respetada en las comunidades campesinas e indígenas, y urbanas modestas, podía ser electo presidente de la república. Es decir, alguien auténticamente alejado de todo contacto con el establishment político y económico.

El país se divide

Al momento de iniciarse la campaña para la segunda vuelta, a pesar de las expectativas por la vacunación que comenzaba, el país sufría el peor momento de la pandemia. La segunda ola fue inmisericorde: el país ya sumaba más de un millón y medio de positivos por covid. La demanda de oxígeno seguía siendo un calvario, a pesar de cadenas solidarias que habían logrado instalar fábricas de oxígeno gratuito. Las clínicas privadas, que cobraban precios que podían llegar a los 30 mil dólares y hasta más por estadía, sin contar tratamiento, eran otro escándalo. A pesar del acondicionamiento de algunos lugares adicionales, en la capital, sobre todo, la demanda de camas de terapia intensiva seguía siendo enorme. La única esperanza eran los continuos avisos de compras de vacunas por parte del gobierno, y la buena marcha de ese operativo que empezaba a llegar a todos los rincones del país.

El proceso electoral empezó a atraer la atención de la población. Se enfrentaban el miedo al fujimorismo, sobre lo que Castillo no tenía mucho que trabajar pues es un anti que está suficientemente instalado, versus el miedo al “comunismo”, al terrorismo cuando se pudiera agregar aquello, sobre lo que la enorme campaña mediática incidía diariamente.

El largo intermedio entre el 11 de abril, hasta el 6 de junio, encontró a todos los peruanos divididos. Familias enteras, amigos de toda la vida rompieron relaciones, la enemistad se insertó en el cotidiano, en las redes, y las medias verdades servían de plataforma para todos los inventos posibles sobre el adversario. Imposible debatir, siquiera: frente a frente se encontraron certidumbres inconmovibles incapaces de escuchar al otro.

Llamativo era que esta batalla en todos los espacios tuviera como primeros protagonistas a actores principales de ambos bandos y a los aliados que se habían sumado para la segunda vuelta, menos al profesor Castillo. Poco se habría de escuchar a Castillo, entretenido en una campaña a nivel de país, pueblo por pueblo, villorrio tras villorrio, sin detenerse, y con un solo discurso. Aparte los momentos de los debates electorales.

Esta vez, al revés que en la primera vuelta la población sí estaba pendiente de la campaña electoral. Sea porque dos candidatos son más fáciles para identificar que diecinueve, o que a pesar de la pandemia se respiraba ya cierto alivio a la vista de la vacunación que empezaba a tener resultados: el personal de salud en primera línea había reducido visiblemente el nivel de contagiados y los decesos ya no se presentaban.

Las encuestas daban ventaja a Pedro Castillo, pero la campaña de miedo al terrorismo de Fujimori surtía efecto, de tal manera que, al llegar el día de la segunda vuelta, era imposible prever cuál sería el ganador. El ausentismo se redujo al 25%, lo que no era tanto, pero sí lo suficiente como para, posiblemente, alterar el resultado final, que fue de tan solo 44 mil votos a favor de Pedro Castillo, que fue electo presidente de la república, el año 2021, cuando el Perú cumple el bicentenario de la proclamación de su independencia.

Colofón

Tras el resultado electoral oficial del Jurado Nacional de Elecciones, confirmado por todos los observadores internacionales, la candidata Fujimori y todo su sector se negaron a reconocer el resultado, alegando lo que llamaron “fraude en mesa”, que – según ellos – involucraba al mismo presidente de la república, Francisco Sagasti, culpable de haber mantenido la neutralidad durante el proceso. El ejército de trolls y bots del fujimorismo, inundó las redes sociales con sus argumentos. Y, enseguida, un ejército de abogados se dedicó a presentar recurso legal tras recurso, que retrasaran la proclamación del ganador. La juramentación del nuevo presidente debe ser el 28 de julio, y al momento de escribir este texto, faltando trece días para esa fecha, no es posible que Pedro Castillo y Francisco Sagasti inicien el proceso de transferencia.

La pandemia ha comenzado a ceder, aunque aún está el Perú amenazado por la nueva variante delta. Pero de ser el país con más fallecidos en el mundo por cada millón de habitantes – uno por cada doscientos habitantes – el Perú adelanta rápidamente su ritmo de vacunación, mientras apunta a que, para fin de año, toda la población haya sido vacunada.

Notas

1. En un famoso tondero, baile típico del norte del Perú, la letra dice: “La gripe llegó a Chepén, ya llegó. Está matando mucha gente, y cómo muere tanto pobre, y no muere la decente. ¿Por qué será?” https://www.youtube.com/watch?v=Dkzai6MsQdc

2. Un reportaje del New York Times testimonia gráficamente sobre el contraste entre el supuesto éxito económico del Perú, revelado como mito por el virus: https://www.nytimes.com/es/2020/06/12/espanol/america-latina/peru-coronavirus-corrupcion-muertes.html

3. Video del que se originas el apodo: https://www.youtube.com/watch?v=qq9tUAMugCU

4. El periodista español, Julián Macías Tovar, especialista en redes, hizo un seguimiento a todas las amenazas de golpe, acusaciones de fraude sin prueba, campaña de odio y mentiras, y tras analizar los más de 100.000 tuits con el HashTag #FraudeEnMesa descubrió miles de fakes news, cuentas falsas, bots, y tuits repitiendo los mismos errores: https://twitter.com/JulianMaciasT/status/1402635839516127234?s=20

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David Roca Basadre es periodista ambiental peruano, analista político y activista ecologista. Se puede seguir en twitter en @drocabas

Las fotografías son de Patrick Murayari, fotógrafo de Loreto, y son originales.

Publicado en el sitio Palabra Salvaje el 16 de julio 2021. Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente. La versión final del texto, junto a todas las fotografías, estará disponible en la revista Palabra Salvaje No 2.